Cíceros sanfermineros

Satur Leoz Zarate
Ha sido un encierro duro, pero ha habido suerte. Aquí estoy, todavía mudo, impávido, sobre mis letras y mis fotos, en esta mugre de adoquín. A ver si hay suerte y pasa pronto la segunda chanda de barrenderos. ¡¡¡Quiero dormir!!!

Empecé el trabajo a media tarde, poco antes de la corrida. Los sucesos festivos se agolpaban, como cada día, entre cíceros, tipómetros y periodistas resacosos.

Llegaron los de local, con los chismes de alcoba del Consistorio, los grajos de sucesos, balance en mano de atracos y reventas, la chica de las entrevistas verbeneras y el joven de prácticas -enviado especial a las barracas-, por cierto, con una cara más pálida de lo normal.

Poco a poco, ladillo a corondel, fui engordando. Imbuía letras y fotos a gran velocidad. Había que estar pronto en la calle. La gente esperaba impaciente. El rito debía cumplirse, era necesario, aunque al día siguiente nadie se acordara que había existido. De madrugada, cerca de la una, entré en máquinas. Compromiso diario con los anunciantes, los barraqueros y mis lectores.

A las dos, ya era otra cosa. Irradiaba escenas espectaculares del último encierro y mi mancheta lucía un anagrama festivo especial. Estaba impaciente por irrumpir en mi carro callejero ante el respetable que, ciertamente, estos días lo es menos. Amarrado a mi traje de cuerdas blancas, con la etiqueta de rigor, dispuesto para echar el resto.

En paquetes, de a cincuenta, me situaron en las atalayas de lujo de mis esquinas, me presentaron en sociedad -voz en grito-, y me ofrecieron a cien pelas. Golfos, paragüeros, txuntxuneros, pijotes, y marranos resacosos, pasaron a mi lado. No tardé mucho tiempo en caer postrado bajo un sobaco sudado y fui motivo de mofas por algunas fotos indiscretas.

Recuerdo que alguien reconoció a su primo corriendo en Mercaderes. Pronto despechugaron las tres páginas de la invitada cachonda. Estaba en la gloria. Adelgacé más de diez kilos en cuestión de una hora y hacia las cuatro me despedí del vocero.

Subdividido por la magia de cien pelas continué andanza nocturna, amarrado al brazo de mi nuevo paseante, por mil rincones a la vez. Vi echar la pota, compartí saltos alocados en un bolsillo guarrindongo y recibí, sin ser invitado, los efectos de un chocolate con churros. Fue una noche completa: serví también de posadera de lujo a una rubia de muy buen ver y hasta cedí dos páginas de Internacional para un gorro marinero. Parco destino.

A las cinco, rendido, sobre una mesa del Irrintzi, acompañaba el sueño etílico de mi dueño y señor, después de verle maltomar su consomé con huevo cocido. Me abrieron y cerraron mil veces, parecía un acordeón. No es que me moleste, para eso estamos. ¡Pero es que hay tanto gorrón!. Apertura y cierre, cierre y apertura, cántica folklórica y eruptos cochinos.

Las siete. Lo peor ya ha pasado.

Amanecía en Navarrería, desnuda de fuentes acrobáticas, cuando salimos apretujados -singular ceremonia amorosa- mi brazo anónimo y yo. No sabría decir quien estaba peor. Mi aspecto era horrible, acurrucado, con el anagrama hecho unos zorros. Las fotos eran ya sólo pantomimas. En los bordes, manchas de caldo y chocolate. ¡Si me ve Goyo, el de la rotativa!. ¡Una hora ajustando tinta y color, para terminar convertido en tamaño pingajo! .

Atajamos por Mercaderes... ¡Joder, éste es de los de Santo Domingo!.

Con el tiempo justo, como siempre, apenas pude saludar a los sumarios y corondeles de la competencia. Saqué el lustre de rigor a mis tintas maltrechas y la maldita taquicardia no tardó en llegar: "¡A San Fermín pedimos...!".

No me lo explico. Yo, que conozco como nadie las teorías morfológicas de Gily Gaya, que en mis tiempos jóvenes me adentré en las teorías de la comunicación de masas, que hasta llegué a embobarme con utopías de «cuartospoderes», convertido ahora, cada mañana, en redentor de causas semiperdidas ante bestias cornudas de 600 kilos. Sólo soy ya un esperpento literario -versus engaño protector-, que ofrece sus servicios completos por cien pesetas.

¡A San Fermín pedimos!. De nuevo el ritual. Enfoque hacia la hornacina, sofoco por aplastamiento, y la pregunta diaria de mis letras deslabazadas por el miedo: ¿Pero qué pintas tú aquí?

¡¡¡¡¡POOOoooooom!!!!!. Las 8.
¡Que alguien llame a Goyo, el de la rotativa!
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