El ruido no disminuye
nunca. Ni a la entrada de los toros ni en la suerte de matar. ¿El
ruido? Un alboroto grandioso de bandas tocando al mismo tiempo,
no necesariamente la misma melodía, de peñas que cantan,
de miles de voces fuertes y de cohetes. La plaza de toros de Pamplona,
22.000 espectadores, sobre todo el último día de la
fiesta, es la única del mundo que se parece a Maracaná,
el estadio de Brasil, a una gigantesca feria, a una fiesta de pícaros,
a un concierto de Charles Ives o John Cage. Es uno de los sitios
más efervescentes del planeta, sin barbarie ni riesgo, simplemente
ebrio de alegría.
Del mismo modo que la gipsofília, esa planta impalpable con
pequeñas flores de copos, es la "desesperación
del pintor", la plaza de toros de Pamplona es la desesperación
del aficionado. Todo se percibe allí en un poderoso delirio.
Como todas las plazas del norte de España, Pamplona exige
unos toros enormes. Incluso los de Osborne tienen aquí unas
cabezas más serias que en otros lugares. Debajo de las peñas,
al sol, la parte del callejón, este bastidor más sagrado
que una sacristía, esta cubierta de desperdicios. A veces
uno se dice que es aquí, a fuerza de paciencia, que se inventó
lo "grunge".
En el tercer toro, el ruido se convierte en una crepitación
generalizada. Son los kilómetros cuadrados de papel de aluminio
que se despliegan para comer la merienda. Los bocadillos son espléndidos,
de unos treinta centímetros de cintura. El pan, cortado en
la masa, alberga varias capas de vituallas: tortilla, una capa de
anchoas, jamón, otra vez tortilla, queso, patatas y tortilla.
En las gradas se vende champán. La masa recita el nombre
de Indurain, en medio de unos magníficos olés y con
una coreografía de conjunto muy compleja.
Después del sexto toro, con sus despojos todavía sobre
la arena, una pareja cruza la plaza corriendo hacia Jesulín,
quien acaba de triunfar. La pareja lleva a un niño de corta
edad de la mano, visiblemente sorprendido de ocupar este papel.
Le ponen en los brazos del torero. Todo eso no es de una ortodoxia
muy integrista. Lo sacro, aquí, es la profanación
permanente.
Jesulín y Espartaco triunfan a bajo precio. Ellos son dos
grandes andaluces cuyo modelo, a golpes de paz civil, de higiene
y de dietética moderna, terminó por cumplir la norma
europea. Tienen la altura de jugadores de fútbol sueco y
andan como si llevasen puestas unas botas de basket reforzadas.
Su toreo es eléctrico, ecléctico. Siempre tienen el
cuerpo roto en la cintura y la mano opuesta apoyada en la cadera,
como una plancha. Gustan enormemente y se cuentan entre los mejores.
Se recordará una serie de izquierdazos de Espartaco.
Otra grandeza la de José María Manzanares, torero
artista en un sitio adonde los artistas vacilan en acudir, como
si se le hubiese visto a Glenn Gould en la Feria del Trono. Su grandeza
es el torear su primer toro con toda sinceridad, con unos gestos
cuya elegancia no disimula la exactitud, como en Sevilla. Su respeto
del público ruidoso es entero. Una trinchera seca y deliciosamente
abandonada, entre sus dos intentos con la espada, permanecerá
para siempre en la memoria. En su embriaguez el público le
ve, le aprecia, pero no se detiene. Las orejas son para los otros.
Esta plaza que al final nadie quiere abandonar, esta plaza donde
todo el mundo canta y baila, hace psíquicamente muy feliz.
Nadie se pregunta nunca si está en la verdad o en la belleza.
Todo consiste en mantener esta marcha infernal, esta fiesta infantil,
este movimiento conjunto incluso delante de los toros. Este genio
sin fusión ni patética es inimitable, intransportable. |
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