La Corrida de los Pícaros

Francis Marmande
El ruido no disminuye nunca. Ni a la entrada de los toros ni en la suerte de matar. ¿El ruido? Un alboroto grandioso de bandas tocando al mismo tiempo, no necesariamente la misma melodía, de peñas que cantan, de miles de voces fuertes y de cohetes. La plaza de toros de Pamplona, 22.000 espectadores, sobre todo el último día de la fiesta, es la única del mundo que se parece a Maracaná, el estadio de Brasil, a una gigantesca feria, a una fiesta de pícaros, a un concierto de Charles Ives o John Cage. Es uno de los sitios más efervescentes del planeta, sin barbarie ni riesgo, simplemente ebrio de alegría.

Del mismo modo que la gipsofília, esa planta impalpable con pequeñas flores de copos, es la "desesperación del pintor", la plaza de toros de Pamplona es la desesperación del aficionado. Todo se percibe allí en un poderoso delirio. Como todas las plazas del norte de España, Pamplona exige unos toros enormes. Incluso los de Osborne tienen aquí unas cabezas más serias que en otros lugares. Debajo de las peñas, al sol, la parte del callejón, este bastidor más sagrado que una sacristía, esta cubierta de desperdicios. A veces uno se dice que es aquí, a fuerza de paciencia, que se inventó lo "grunge".

En el tercer toro, el ruido se convierte en una crepitación generalizada. Son los kilómetros cuadrados de papel de aluminio que se despliegan para comer la merienda. Los bocadillos son espléndidos, de unos treinta centímetros de cintura. El pan, cortado en la masa, alberga varias capas de vituallas: tortilla, una capa de anchoas, jamón, otra vez tortilla, queso, patatas y tortilla. En las gradas se vende champán. La masa recita el nombre de Indurain, en medio de unos magníficos olés y con una coreografía de conjunto muy compleja.

Después del sexto toro, con sus despojos todavía sobre la arena, una pareja cruza la plaza corriendo hacia Jesulín, quien acaba de triunfar. La pareja lleva a un niño de corta edad de la mano, visiblemente sorprendido de ocupar este papel. Le ponen en los brazos del torero. Todo eso no es de una ortodoxia muy integrista. Lo sacro, aquí, es la profanación permanente.

Jesulín y Espartaco triunfan a bajo precio. Ellos son dos grandes andaluces cuyo modelo, a golpes de paz civil, de higiene y de dietética moderna, terminó por cumplir la norma europea. Tienen la altura de jugadores de fútbol sueco y andan como si llevasen puestas unas botas de basket reforzadas. Su toreo es eléctrico, ecléctico. Siempre tienen el cuerpo roto en la cintura y la mano opuesta apoyada en la cadera, como una plancha. Gustan enormemente y se cuentan entre los mejores. Se recordará una serie de izquierdazos de Espartaco.

Otra grandeza la de José María Manzanares, torero artista en un sitio adonde los artistas vacilan en acudir, como si se le hubiese visto a Glenn Gould en la Feria del Trono. Su grandeza es el torear su primer toro con toda sinceridad, con unos gestos cuya elegancia no disimula la exactitud, como en Sevilla. Su respeto del público ruidoso es entero. Una trinchera seca y deliciosamente abandonada, entre sus dos intentos con la espada, permanecerá para siempre en la memoria. En su embriaguez el público le ve, le aprecia, pero no se detiene. Las orejas son para los otros.

Esta plaza que al final nadie quiere abandonar, esta plaza donde todo el mundo canta y baila, hace psíquicamente muy feliz. Nadie se pregunta nunca si está en la verdad o en la belleza. Todo consiste en mantener esta marcha infernal, esta fiesta infantil, este movimiento conjunto incluso delante de los toros. Este genio sin fusión ni patética es inimitable, intransportable.


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