La Estafeta

José MG Romera

La calle de la Estafeta es de esa clase de lugares que, de puro mentados, uno diría que no existen más que en las canciones sanfermineras y en las crónicas de los periodistas venidos de fuera a las fiestas. Pero uno ha nacido en la Estafeta, y aunque el tiempo le haya hecho un poco descreído puede asegurar que la Estafeta no solamente existe, sino que es calle principal, seria y de fuste.

- La calle, como quien dice.

- No le quepa la menor duda, amigo mío. Venir a Pamplona y no caer por allí es hacer viaje en balde.

Y lo cierto es que no hay misterio alguno, ni monumentos ni rarezas dignas de contemplar a lo largo de la calle; que seguramente en ella no pasa nada de particular en tiempo normal, ni su historia es rica en acontecimientos como no sean los pasos de los carruajes y el tránsito de aldeanos camino del mercado. La Estafeta, en su estado natural, es una calleja adosada a la plaza del Castillo que parece puesta ahí para desahogo o descanso, para contraste sosegado del trajín que corresponde a una plaza como dios manda.

Cual puede ser su itinerario más apropiado, si la bajada desde Teléfonos o la leve cuesta arriba que se encara viniendo de Mercaderes, es una cuestión que merecería debate. Porque la Estafeta ofrece, según se tome, dos aspectos casi opuestos: el uno, plácido, muelle, propio de cuadrillas entregadas a la apasionante aventura del poteo; el otro, casi ascético y un punto sombrío, como si conservara la impresión de riesgo que le acomete al corredor del encierro cuando entra en esa especie de túnel largo, estrecho y sobrecogedor.
La imagen de los Sanfermines que uno conserva de su infancia tiene mucho que ver con los claroscuros de esa calle, transformada durante unos días en gran teatro, en descomunal tiovivo, en deslumbrante titirimundi en el que se sucedían estampas variopintas.

En el balcón de enfrente, los socios de la peña de Lund porfiaban cada mañana por conseguir un hueco desde donde contemplar el espectáculo de audacia y sangre, algo difícil de ver en tierras escandinavas para los que se conoce que habían cogido afición. Los suecos de la peña de Lund llegaban, poníanse al cuello sus pañuelos azules y tomaban plaza en el Torino, aquel medio café medio casino que por algún raro motivo habían convertido en su cuartel general. Un poco más abajo solían agolparse manadas de americanos atraídos por el vino barato de Bodegas Ibáñez, donde por aquel entonces no se servía cava; aún eran tiempos de vida sencilla y diversiones razonables.
En la encrucijada de San Agustín y la plaza del Castillo, Esteban el "Hojalata" llenaba páginas gloriosas en la historia del toreo de salón, mucho antes de que arribistas venidos de fuera convirtieran en negocio lo que Esteban hacía gratis y de manera entusiasta. Alternaba este oficio con el recitado nostálgico de himnos legionarios, una pasión que a veces compartía con toros espontáneos. Esteban era generoso en la chicuelina y preciso en el natural, austero de gestos, firme con la espada, habría triunfado de haber toro y plaza de por medio, pero su arte pedía la calle.

Cada tarde oíamos a lo lejos el tintineo de las mulillas, engalanadas con ingenuos trastos. Aún no había prosperado la costumbre de acompañar a las caballerías hasta la plaza, y verlos venir era como contemplar una procesión sin público, sin curas, ni santos. Sólo con la escueta comitiva del ganado y sus pastores.

Los dos jinetes, y los músicos oficiales que al poco pasaban en sentido contrario, eran a nuestros ojos de niños la imagen de la hidalguía, la gravedad y el oficio.
De día, la calle era omnívora. Sus fauces consentían toda clase de actividades, de situaciones y de tipos. Desde la diligente acometida de los repartidores, que ponían un punto de laboriosidad entre la zanganería que salía de la plaza de toros tras la suelta de vaquillas, hasta los mozos cargados de pozales camino de la corrida, desde las familias de punta en blanco hasta las charangas estruendosas que, como desmedidos flautistas de Hamelin, arrastraban tras su murga y su pancarta a toda la gente que encontraban al paso. La Estafeta tragaba y tragaba sin descanso estas alocadas avalanchas cuyo paso dejaba un cierto temblor de emoción y dicha, triunfante, cosmopolitana.

En aquellos años ya acostumbraba la Casa del Libro a colgar, en el exterior, fotografías antiguas con estampas de unos Sanfermines más recoletos y pueblerinos. En ellas se veía a unos pocos paisanos de la Cuenca, terno y boina, corriendo el encierro o haciendo cola para el circo y el contraste entre esa imagen rústica, precaria, y la rutilante agitación que habían traído los nuevos tiempos nos llenaba de orgullo patriótico. Algo parecido a lo que nos sucedía al ver un japonés cámara en ristre o al identificar, asomado a un balcón de La Perla, a un ministro o un actor cinematográfico. Sin duda Pamplona era el centro del universo y la Estafeta su cogollo.
Pero todo esto no era sino el aderezo de la auténtica ceremonia, lo que confería a la Estafeta su verdadera condición de avenida señorial. Una hora antes del encierro, la Estafeta mudaba su aspecto. Ya no era la callejuela por donde transitaban los dipsómanos, los despistados o los forasteros en busca de pensión, sino el lugar donde se disponía el gran acontecimiento.

Poco a poco iban poblándose los balcones de las casas impares, aquéllas a las que había que acceder con tiempo antes de que quedara cortado el paso. Los de enfrente se ocupaban con premiosidad y desgana, aunque siempre había algún cliente de La Perla madrugador y ansioso que ponía la nota humana en tal desolador lienzo de persianas caídas y ventanillos cerrados a cal y canto.

Abajo, en el pavés, tenía lugar el ritual previo para dejar el camino expedito a toros y mozos. Ritual inútil, todo sea dicho, porque 1a primera avalancha de presuntos corredores dejaba el suelo hecho un poema de papelería, caldos, ropas, calzados, cacharros de todo género y desperdicios en general. Siempre había quien evacuaba a última hora y de mala manera, o sea, contra la pared, dejando un reguero delator que pregonaba a un tiempo el exceso en el trasiego y la intensidad en el pánico; o quien, ajeno a la circunstancia que minutos después había de producirse, tenía el catre en la acera y se ponía a dormir como un bendito; o quien iba dejando tras de sí un rastro de churros, o de rodajas de embutido, o de almendras garrapiñadas, o de imperceptibles espasmos de horror ante la que se le vendría encima si no recobraba la cordura y se volvía a su casa, a ese entrañable hogar del que no tenía que haber salido nunca y menos para blasonar de valiente delante de las chicas.

Había pasado ya la banda militar tocando las dianas, y los suecos de 1a peña de Lund daban cuenta de la enésima cerveza. Los primeros corredores empujaban a los guardias intentando romper la barrera, mientras otros parecían aguardar la llegada de la manada para hacer su carrera. Ya los empleados de la fábrica de hielo se habían colgado de las ventanas con rejas que les servían de privilegiado tendido, y algunos portales se entreabrían delatando a un vecino, ya mayor, deseoso de oler el riesgo al paso del toro. En aquellos instantes, el tiempo cambiaba de comportamiento, era como si se detuviera y se precipitara a la vez, y una corriente de tensión extraña recorría la calle de arriba a abajo y desde los aleros hasta las aceros. Por fin, el cohete daba noticia de los corrales. Desde el balcón, yo miraba a la esquina de Mercaderes donde poco a poco la masa se aligeraba, el movimiento crecía, y al fin aparecían los toros. Era el instante de la Estafeta.



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