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Uno vive la fiesta como puede y le dejan. Currando. Viviendo
el carnaval del mundo con ojos de tango, y los toros desde el
campanario. Uno anda al borde de la juerga, por el cinturón
de la ronda del programa, haciendo funambulismo barato en la frontera
de la acción y la observación, un paso adelante,
otro atrás, agarrado a la maroma de esa edad incierta en
la que empiezas a ser demasiado viejo para una parte de la programación
y demasiado joven para la otra.
A uno, por San Fermín, le consume una insana envidia por
todo lo que le gustaría ser y hacer, ya este paso ni hará
ni será. Media esperanza de vida gastada pidiéndole
al Santo, por ser nuestro patrón, y, total, que el Santo
le pega, año tras año, largas cambiadas al suplicatorio,
chicuelinas al ruego, y unos recortes celestiales a la plegaria
que dan ganas de apostatar.
Envidia de los maestros de La Pamplonesa siempre y en todo lugar,
amén, pero sobre todo cuando tocan" El asombro de
Damasco", de vuelta de la capilla. Pero de música,
ni treinta y tres, ni treinta y tres, con la guitarra del alcalde.
De todos los instrumentos, uniformes, partituras y adminículos
de la banda sólo podría utilizar la batuta del director
para comer un buen plato de arroz en el delta del Mekong.
Envidia de los divinos del encierro que templan con el periódico,
marcan las distancias, miran al norte y al sur, al este y al oeste,
salen del vallado oliendo a toro que alimenta y entran en las
fotografías con rostro de historia sanferminera. No como
el cronista, que sólo utilizaba el periódico en
Mercaderes para ver a los divinos del día anterior, y corría
sin norte ni sur, a salto de mata y de miedo, y no tiene constancia
de haber entrado en ningún gran angular por enorme que
fuera.
A uno le gustaría bailar los gigantes, ser canónigo
en la procesión del siete, concejal en la del catorce,
Tonetti en el circo, mayoral en el gas, Espartaco en el ruedo
( ¿o presidente en el palco?), trompetista en sol, artificiero
en la Ciudadela, churrero en la Mañueta, mimo en cualquier
esquina, ganadero en el Apartado, kiliki en el zaguán de
las Teresianas, Osinaga en el Gayarre, Guerra (Juan Luis) en la
salsa de los Burgos, extranjero en el Marceliano, cuenco entre
las Peñas, emperador del bolígrafo en Sarasate,
fotógrafo en el vallado, gallico de oro en Napardi, bayonés
en la corrida vasco-landesa, España (o Pezonaga) con el
puro en el corralillo, cirujano en Urgencias, jotero en el Pocico,
tenor en la coral de Sagaseta, pastor en el nocturno de alarmas
del encierrillo; todo eso, y más y más y mucho más.
Pues nada. Otro año palideciendo de envidia, con cara de
te ha pillado el carrico del helado y ese temple becqueriano,
rancio y fracasado, de tener alegre la tristeza y triste el vino.
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