Voy, vengo,
parezco un paria de Marte perdido por laberintos urbanos insólitos
y mal inventados, no encuentro nada abierto para comprar un periódico
o tomar un café, doy vueltas de perdido en el desierto, o mejor
dicho, de nadador en río seco, me finjo transeúnte pero soy el disimulado
profeta de un stress lastimero, mi pulcritud externa no me iguala
a ningún otro desvelado veraniego, no pretendo comunicarme con nadie,
he salido tan sólo a comprobar el cambio de la ciudad, que esta
mañana está fosilizada por encima de toda comparación, como la nevera
de un millonario vaciada por ladrones en un chiste dibujado.
Algún muchacho con la ropa teñida de vino ha pasado, cerca o lejos,
sin emitir referencia alguna, indiferente hasta la callosidad, como
quien vuelve de la procesión y ha renunciado por mucho tiempo a
contemplar a sus semejantes.
Siento una paz ávida, contemplo el vacío urbano con mi monóculo
de explorador solitario, evoco ese olor de café recién hecho propio
de las cocinas bien regidas, un olor que se mete en la raigambre
del cuerpo, vitalizante hasta la dentadura, y aunque no doy con
el café me siento feliz de poder desearlo. Pero vuelvo a la fiesta
como a un avión perdido a la vida cotidiana, aunque suavizada por
la delicadeza de todos al mostrarse ausentes, me castiga el cuerpo
como si volvieran de una anestesia, después de desollarme en la
mesa de operaciones. Quiero matizar, no es una tristeza devoradora
sino una hipnosis tristona, no estoy experimentando una hecatombe
suprarrenal sino el simple regreso a la vida de baja tensión, la
vida que se pasa el día castrando todos los objetos de vivir.
La fiesta permanece con inmunidad absoluta a las ceremonias que
la han despedido, la fiesta no traga el letrero de The end, la fiesta
no se deja acorralar en el paréntesis del resto del año, no acepta
la fuerza bruta y mayoritaria del calendario anual, la fragancia
de la fiesta cruza los muros de la organización ciudadana y corre
por las avenidas vacías, como el olor a café bien hecho de las casas,
baja escaleras y llena los portales.
En todas las fiestas no me he sentado en el suelo, pero ahora estoy
pensando en sentarme en cualquier zócalo como un hindú, y dormirme
para que un vampiro de imperceptibles colmillos ocasione la muerte
de este explorador mientras siete pasajeros de la COTUP desde el
autobús piensan, "mira, otro que duerme la mona y va a llegar a
casa con retraso". |
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