Quince de julio

Iñaki Desormais
Voy, vengo, parezco un paria de Marte perdido por laberintos urbanos insólitos y mal inventados, no encuentro nada abierto para comprar un periódico o tomar un café, doy vueltas de perdido en el desierto, o mejor dicho, de nadador en río seco, me finjo transeúnte pero soy el disimulado profeta de un stress lastimero, mi pulcritud externa no me iguala a ningún otro desvelado veraniego, no pretendo comunicarme con nadie, he salido tan sólo a comprobar el cambio de la ciudad, que esta mañana está fosilizada por encima de toda comparación, como la nevera de un millonario vaciada por ladrones en un chiste dibujado.

Algún muchacho con la ropa teñida de vino ha pasado, cerca o lejos, sin emitir referencia alguna, indiferente hasta la callosidad, como quien vuelve de la procesión y ha renunciado por mucho tiempo a contemplar a sus semejantes.

Siento una paz ávida, contemplo el vacío urbano con mi monóculo de explorador solitario, evoco ese olor de café recién hecho propio de las cocinas bien regidas, un olor que se mete en la raigambre del cuerpo, vitalizante hasta la dentadura, y aunque no doy con el café me siento feliz de poder desearlo. Pero vuelvo a la fiesta como a un avión perdido a la vida cotidiana, aunque suavizada por la delicadeza de todos al mostrarse ausentes, me castiga el cuerpo como si volvieran de una anestesia, después de desollarme en la mesa de operaciones. Quiero matizar, no es una tristeza devoradora sino una hipnosis tristona, no estoy experimentando una hecatombe suprarrenal sino el simple regreso a la vida de baja tensión, la vida que se pasa el día castrando todos los objetos de vivir.

La fiesta permanece con inmunidad absoluta a las ceremonias que la han despedido, la fiesta no traga el letrero de The end, la fiesta no se deja acorralar en el paréntesis del resto del año, no acepta la fuerza bruta y mayoritaria del calendario anual, la fragancia de la fiesta cruza los muros de la organización ciudadana y corre por las avenidas vacías, como el olor a café bien hecho de las casas, baja escaleras y llena los portales.

En todas las fiestas no me he sentado en el suelo, pero ahora estoy pensando en sentarme en cualquier zócalo como un hindú, y dormirme para que un vampiro de imperceptibles colmillos ocasione la muerte de este explorador mientras siete pasajeros de la COTUP desde el autobús piensan, "mira, otro que duerme la mona y va a llegar a casa con retraso"
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© Kukuxumusu

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